Claro que sé quién es. He estado bajo su cuerpo, pegado a su piel. Hemos sincronizado nuestras respiraciones, me ha hecho suspirar con tan solo sentir sus caricias y he jadeado cuando su alma ha rozado mi ser. Me he llenado de su aroma, me ha hecho vibrar con su mirada y su nombre se ha derramado por mis labios como gotas de miel. Su abrazo era como el primer contacto con el agua caliente en una mañana fría y su voz tenía la suavidad de la brisa estival. Lloré cuando nos separamos, si, pero cuando a día de hoy vuelvo a ver su sonrisa, un poquito de todo lo que he descrito recorre mi espalda y se posa en mis hombros, como el sol en invierno.
