domingo, 22 de septiembre de 2024

Atrapado en su silencio

 

El silencio es algo que me acompaña desde que tengo memoria. Incluso en los momentos de más ruido ha estado ahí. Crecí en una casa en cuyas paredes aun puedo oír el eco de las peleas entre mis progenitores. Sus reproches, mi instrumentalización, su rencor volcado sin control. Nunca aprecié los sonidos fuertes, supongo que he ahí el origen. En todo momento, yo estaba en silencio, me acompañaba entonces y siguió haciéndolo toda mi vida, como si hubiese querido cogerme de la mano en los momentos más duros de mi vida para que me sintiese menos solo. No han sido pocos, la verdad. He tenido una vida de mierda y ya era hora es aceptarlo. Volviendo al silencio, me arropó cuando intenté pedir ayuda a mis padres, cuando traté de defenderme solo, cuando quise expresar mis ideas y sentimientos. Cayendo en oídos sordos, sentí su abrazo y desde entonces nunca se separó de mi, me di cuenta de que no podía deshacerme de su presa, no me quería dejar ir, cuidarme y consolarme era su cometido y no iba a darme por vencido. Siguió así a pesar del ruido en mi cabeza, del estridente ritmo de la vida, contra todo lo que vino nunca dio su brazo a torcer. Pasaron los años y me acostumbré al peso, a vivirlo todo en silencio, a hablar solo con él mientras lo sentía acariciarme e impidiendo que una segunda lágrima acompañase a la primera. Sé qué hace aquí todavía. Él será testigo implicado de mi último silencio, estará conmigo hasta el final y me ayudará a echar el telón cuando el rítmico golpeteo que surge de mi pecho por fin reciba también su beso.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Obsesión

 Que esta tristeza no me abandona y este miedo duele más.

Abrázame, abrázame.

Abrázame y no me digas nada


  Cómo describir mi soledad me resulta un ejercicio de interpretación cuasiartística de mi dolor. Es una sensación de vacío interior unida a haber sido arrancado del mundo para seguidamente ser arrojado a él de nuevo. Estoy aquí, si, pero la conexión está rota, no estoy unido a la realidad y estoy condenado a vagar por ella como un fantasma presente y ausente al mismo tiempo, sin encontrar paz mental alguna pero completamente agotado de librar una guerra silenciosa que nunca acaba. He mencionado que es mi dolor y aun así se siente muy diferente a eso, es la desesperanza revistiendo mi alma y extendiéndose por ella como una enfermedad, manchando cada experiencia y cada pensamiento con un claro mensaje contundente y omnipresente: no estoy aquí, no pertenezco a este lugar, no hay nada para mi aquí. Aunque pueda ser percibido por los sentidos mi yo real está cayendo de forma constante en la oscuridad de su propio vacío, lejos de todo y todos. Puedes llamarme, pero no me alcanzarás pues he sido consumido hasta la última chispa de mi ser por esta tristeza que cada vez va a más. ¿Pudo haber alguna alternativa? Siento que si, pero no estuvo jamás en mi mano y quien siento que la tuvo decidió desecharla porque en el fondo de su corazón sentiría que merecía más la pena seguir explorando. No culpo a esa persona, mi mano extendida debe verse como una trampa a ser arrastrado a mi mundo, al riesgo de dejar de pertenecer a otros lugares y al fin y al cabo, mis brazos no son tan cálidos a este lado del velo. No merecer la pena para tu amor puede doler más que la puñalada más certera y aunque quizás no sea así, es como se siente. La soledad puede ser una susurradora cruel al abrigo de la noche.

Y mientras tanto, sigo cayendo. Quiero levantarme, de verdad lo quiero, pero para ello necesito un fondo en el que caer para apoyarme y no lo encuentro, tan solo siento la constante confusión de si sigo en caída o me he hecho uno con el vacío.

Recuerdo


Hoy, finalmente, ha llegado a mi. Llevo meses bajo el yugo de una sensación opresiva que casi no me dejaba respirar, un dolor profundo anidado en lo más hondo de mi alma que me tenía totalmente descolocado. No parecía haber motivo alguno para sentir semejante pesar, ¿no iba todo relativamente bien? No es cierto, había muchas cosas que iban mal y a ello le achacaba tan terrible sentir y como si de un esquivo criminal se tratase este sentimiento se había ocultado entre decenas de motivos para no ser desenmascarado como lo que realmente es, empujándome a tomar decisiones que otrora me hubiesen parecido aberrantes o poco acertadas y que incluso bajo la nueva luz bajo la que las contemplo ahora me parecen justificadas en cierta medida, aceptando pagar el precio derivado de las consecuencias de mis acciones.

Entonces he recordado. Aquella vieja sensación que me acompañó hasta bien pasada mi adolescencia y cuya disolución fue consecuencia de un trabajo activo que llevó años, recaídas, dolores y alegrías en que me convencí de que ya no era más una realidad para mi. Sin embargo, como quien comienza su paso dudoso, marcha cada vez más seguro hasta que comienza a correr, descubre que la carrera le gusta, que la sensación del pelo al viento parece agradable, sonríe con todo su corazón y de pronto se estampa contra un muro invisible y sólido que lo deja clavado contra el suelo ante la atónita mirada de los transeúntes y tarda en darse cuenta de qué ha pasado, aquí me hallo, viendo cara a cara a mi vieja amiga y única compañera de viaje que extiende su mano para ayudarme a levantarme como diciendo "no me puedo creer que no me reconocieses, era yo todo este tiempo". Incluso con otras personas describiendo cómo la sentían sobre su pecho, incluso sin darme cuenta de que desaparecía en el momento concreto en el que ella me abrazaba para volver más fuerte tras la despedida, no ha sido hasta hoy, en el fondo del pozo, con ideas que comienzan a tornarse obsesivas acerca de dejar este mundo y no mirar atrás con la esperanza de abandonar también el dolor. Hola, soledad, vieja acompañante.

Y es que así lo siento, tras todos estos años vuelvo a estar solo en mi corazón, vuelvo a tener la sensación de observarlos a todos desde la oscuridad, verlos crecer, ayudarles incluso para luego fundirme entre las sombras, pues no hay lugar para mi, no hay abrazo que me consuele, no hay beso que ejerza de la chispa que iluminaba mi alma, no hay una mano en el hombro que me haga sentir cálido y acompañado. Solo estoy yo.

jueves, 5 de septiembre de 2024

Ingravidez



Conseguí entenderlo. No es que haya dejado de caer, es en lo que se transforma la sensación de estar en caída libre desde hace tanto. Dejas de sentir el aire apartándose, ya no percibes ningún punto de guía para saber hacia dónde caes, cuando te vienes a dar cuenta tan solo estás en la oscuridad, flotando en completa soledad en medio del vacío, ingrávido. Pero caes, aunque no lo sientas así, caes. Mi caída libre no parece tener fin. Quiero llorar y no puedo.