Hoy, finalmente, ha llegado a mi. Llevo meses bajo el yugo de una sensación opresiva que casi no me dejaba respirar, un dolor profundo anidado en lo más hondo de mi alma que me tenía totalmente descolocado. No parecía haber motivo alguno para sentir semejante pesar, ¿no iba todo relativamente bien? No es cierto, había muchas cosas que iban mal y a ello le achacaba tan terrible sentir y como si de un esquivo criminal se tratase este sentimiento se había ocultado entre decenas de motivos para no ser desenmascarado como lo que realmente es, empujándome a tomar decisiones que otrora me hubiesen parecido aberrantes o poco acertadas y que incluso bajo la nueva luz bajo la que las contemplo ahora me parecen justificadas en cierta medida, aceptando pagar el precio derivado de las consecuencias de mis acciones.
Entonces he recordado. Aquella vieja sensación que me acompañó hasta bien pasada mi adolescencia y cuya disolución fue consecuencia de un trabajo activo que llevó años, recaídas, dolores y alegrías en que me convencí de que ya no era más una realidad para mi. Sin embargo, como quien comienza su paso dudoso, marcha cada vez más seguro hasta que comienza a correr, descubre que la carrera le gusta, que la sensación del pelo al viento parece agradable, sonríe con todo su corazón y de pronto se estampa contra un muro invisible y sólido que lo deja clavado contra el suelo ante la atónita mirada de los transeúntes y tarda en darse cuenta de qué ha pasado, aquí me hallo, viendo cara a cara a mi vieja amiga y única compañera de viaje que extiende su mano para ayudarme a levantarme como diciendo "no me puedo creer que no me reconocieses, era yo todo este tiempo". Incluso con otras personas describiendo cómo la sentían sobre su pecho, incluso sin darme cuenta de que desaparecía en el momento concreto en el que ella me abrazaba para volver más fuerte tras la despedida, no ha sido hasta hoy, en el fondo del pozo, con ideas que comienzan a tornarse obsesivas acerca de dejar este mundo y no mirar atrás con la esperanza de abandonar también el dolor. Hola, soledad, vieja acompañante.
Y es que así lo siento, tras todos estos años vuelvo a estar solo en mi corazón, vuelvo a tener la sensación de observarlos a todos desde la oscuridad, verlos crecer, ayudarles incluso para luego fundirme entre las sombras, pues no hay lugar para mi, no hay abrazo que me consuele, no hay beso que ejerza de la chispa que iluminaba mi alma, no hay una mano en el hombro que me haga sentir cálido y acompañado. Solo estoy yo.
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