Así debe sentirse una de esas heridas que son mortales pero no acaban contigo en el momento, si no que te someten a la experiencia de ver cómo la vida te abandona con cada latido, impotente, mientras tratas de sujetar aquello que se desprende de ti en una escena cuya visión debe ser entre grotesca, triste y, por qué no, cómica. Mirarse al espejo y pensar "vamos de mal en peor, ¿eh?". Cuando ya no quedan ni fuerzas para que tu voz interior te critique, ahora notas un deje de tristeza en su trato, incluso te habla con dulzura porque hasta quien fue tu más duro juez siente que todo tiene un límite y estamos a punto de echar a correr hacia él. Pobre chico, magullado por dentro y por fuera, dejado para morir entre la niebla de un lugar incierto, sin estrellas con las que orientarse, sin lugar en el que refugiarse. Se levanta una y otra vez a pesar de que sus heridas no acaban de cerrarse, preguntándose cuánto tiempo podrá seguir caminando sin rumbo y si seguirá teniendo fuerzas para volver a ponerse en pie. Desvariar en el camino al abismo parece lo más cuerdo.
lunes, 16 de diciembre de 2024
Suscribirse a:
Entradas (Atom)