El silencio es algo que me acompaña desde que tengo memoria. Incluso en los momentos de más ruido ha estado ahí. Crecí en una casa en cuyas paredes aun puedo oír el eco de las peleas entre mis progenitores. Sus reproches, mi instrumentalización, su rencor volcado sin control. Nunca aprecié los sonidos fuertes, supongo que he ahí el origen. En todo momento, yo estaba en silencio, me acompañaba entonces y siguió haciéndolo toda mi vida, como si hubiese querido cogerme de la mano en los momentos más duros de mi vida para que me sintiese menos solo. No han sido pocos, la verdad. He tenido una vida de mierda y ya era hora es aceptarlo. Volviendo al silencio, me arropó cuando intenté pedir ayuda a mis padres, cuando traté de defenderme solo, cuando quise expresar mis ideas y sentimientos. Cayendo en oídos sordos, sentí su abrazo y desde entonces nunca se separó de mi, me di cuenta de que no podía deshacerme de su presa, no me quería dejar ir, cuidarme y consolarme era su cometido y no iba a darme por vencido. Siguió así a pesar del ruido en mi cabeza, del estridente ritmo de la vida, contra todo lo que vino nunca dio su brazo a torcer. Pasaron los años y me acostumbré al peso, a vivirlo todo en silencio, a hablar solo con él mientras lo sentía acariciarme e impidiendo que una segunda lágrima acompañase a la primera. Sé qué hace aquí todavía. Él será testigo implicado de mi último silencio, estará conmigo hasta el final y me ayudará a echar el telón cuando el rítmico golpeteo que surge de mi pecho por fin reciba también su beso.

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