Hace frío, pero el cuerpo se habitúa rápido. Sientes sobre tu piel la suave caricia del agua, te envuelve como si el mar te abrazase con ternura. Tu respiración, el único sonido que te acompaña, parece marcar el compás de una canción lenta y relajada. La calma te invade al sentir que durante la inmersión no eres parte del mundo de la superficie, como si hubieses dejado de existir ahí arriba. Estás a quince metros bajo el nivel del mar, fascinado, flotando sobre un fondo que se torna azul a lo lejos y ante ti se extiende la visión de un mundo maravilloso, lleno de color y vida, todo lo que en ese momento resulta de interés se encuentra bajo el agua. Por unos segundos, piensas que te encantaría poder enseñar a alguien lo que ven tus ojos en ese momento y, más aun, te gustaría que pudiera sentir lo que tú sientes en ese instante. Entonces vuelves a dejar de formar parte del mundo y te mueves al pausado ritmo que marcan tus pulmones al respirar. Cualquier cantidad de tiempo parecerá poca cuando llegue el momento de subir a la superficie y volver a formar parte de la realidad que hay sobre ella.

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