- ¿A cuantas personas crees tu que he matado?
- ...
-La verdad es que ni siquiera lo recuerdo. Yo todavía era un crío. Cuando quise darme cuenta ya estaba metido en el ajo. Robo, chantaje, lo que fuese, yo lo hacía. Hasta que al final me convertí en un asesino. Con la recompensa podía comer en buenos restaurantes. Pero eso no me justifica, matar era mi trabajo. Aquel día seguía el mismo procedimiento de siempre. Estaba tomando un café. No recuerdo a cuantos me había cargado antes ni quién me había encargado aquel trabajo, era solo uno más. Recuerdo que el hombre había pedido un café y le empezó a echar azúcar. Una, dos, tres, cuatro cucharadas. Y al echar la quinta cucharada de azúcar mi boca se llenó del familiar sabor del café dulce que tanto me gusta. Luego se lo tomó como si fuese lo mas delicioso del mundo. Y yo solté el rifle, no pude más. Desde ese día, ya nunca mas he sido capaz de matar a nadie. ¿Por qué en el medio año que estuviste trabajando conmigo no me pediste nunca que te enseñara a matar?
-Porque...Porque pensé que no debía mezclarle en esto.
[...]
-¿Estás segura de que quieres irte?
-Debo irme. Gracias por todo, señor Rosso.
-Matar a alguien es muy sencillo. Basta con olvidar el sabor del azúcar.
- ...
-La verdad es que ni siquiera lo recuerdo. Yo todavía era un crío. Cuando quise darme cuenta ya estaba metido en el ajo. Robo, chantaje, lo que fuese, yo lo hacía. Hasta que al final me convertí en un asesino. Con la recompensa podía comer en buenos restaurantes. Pero eso no me justifica, matar era mi trabajo. Aquel día seguía el mismo procedimiento de siempre. Estaba tomando un café. No recuerdo a cuantos me había cargado antes ni quién me había encargado aquel trabajo, era solo uno más. Recuerdo que el hombre había pedido un café y le empezó a echar azúcar. Una, dos, tres, cuatro cucharadas. Y al echar la quinta cucharada de azúcar mi boca se llenó del familiar sabor del café dulce que tanto me gusta. Luego se lo tomó como si fuese lo mas delicioso del mundo. Y yo solté el rifle, no pude más. Desde ese día, ya nunca mas he sido capaz de matar a nadie. ¿Por qué en el medio año que estuviste trabajando conmigo no me pediste nunca que te enseñara a matar?
-Porque...Porque pensé que no debía mezclarle en esto.
[...]
-¿Estás segura de que quieres irte?
-Debo irme. Gracias por todo, señor Rosso.
-Matar a alguien es muy sencillo. Basta con olvidar el sabor del azúcar.

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